domingo, 5 de enero de 2014

BIBLIOGRAFÍA DEL CURSO DE TEOLOGÍA FUNDAMENTAL

  1. Arcusa E. (1980). Esquemas. 2ª ed. Callao-Perú: Centro de Proyección Cristiana
  2. Arens, Eduardo.( 1998). Los Evangelios ayer y hoy. Lima-Peru: Paulinas.
  3. García J. (1986). Separata de teología fundamental. Seminario San Carlos y San Marcelo Trujillo-Perú.
  4. Igartua J. (1986). El Mesías Jesús de Nazaret. Bilbao-España: Mensajero
  5. Kaiser F. (1989) Contesta la Biblia. 5ª ed. Lima-Perú: Salesiana
  6. Lelotte F. (1961). La solución del problema de la vida. Síntesis de la doctrina católica. 2ª ed. Salamanca-España: Sígueme.
  7. Martín B. ( (1983) ¿Quién es Jesucristo?. Barcelona-España: E.S.G.,S.A.
  8. Moratiel J. (1983) la Biblia por dentro. La Palabra y la Obra de Dios a nuestro alcance. Bilbao-España: Mensajero.
  9. Ratzinger J. (2011). Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Roma- Italia: Librería Editrice Vaticana
  10. Sheen F. (1968). Vida de Cristo. 5ª ed. Barcelona-España: Herder.
  11. Varios. (1974) ¿Quién es Jesús de Nazaret?. Madrid-España: Fundación Borja.
  12. Varios. (1973). Cuadernos de Evangelio. ¿Quién es Jesús de Nazaret?. Una interpretación ya vieja: Jesús Celota. Madrid-España: Fe Católica Ediciones.
  13. Varios. (1993) Catecismo de la Iglesia Católica. Bilbao-España: Asociación Editores del Catecismo.



FECHAS Y PERSONAJES DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Antes de Cristo

2000 – 1800 : Abraham (Inicio Hist. Salv.) (Agar: Ismael) Sara: Isaac
1700 : Egipto. Esclavitud
1250 : Moisés- Éxodo-Liberación-Alianza.
1200 : Josué (Hijo de Nun). Conquista Tierra Prometida.
1030 : Saúl. Primer Rey.
1000 : David. Unificación tribus. Adulterio-homicidio. (Sal 50)
970 : Salomón, hijo de Betsabé
931 : Cisma 1Rey 12: Reino Norte, Israel (Samaría): Jeroboam. Reino Sur, Judá (Jerusalén): Roboam
721 : Asiria conquista Samaria. (Lc 9,51; Lc 10,25; Jn 4).
587 : Babilonia, Nabucodonosor. (Sal 137).
539 : Medo-Persas. Ciro.
538 : Edicto de Ciro. (Salmo 126).
333 : Grecia. Alejandro Magno. Helenismo.
323 : Lágidas. Egipto.
200 : Seléucidas. Siria. Antíoco Epifanes.
166 : Macabeos. Rebelión. Independencia.
63 : Roma. Pompeyo.
37 : Herodes el Grande. Matanza niños inocentes.
5 : Nace Cristo.

Después de Cristo

70 : Tito aplasta rebel.500 muertos por día. 3 meses (Mt24)
135 : Bar Kosheba. Mesías. ½ millón muertos. Diáspora.
614 : Persas.
634 : Mahometanos.
1187 : Saladino.
1918 : Gran Bretaña. I Guerra Mundial.
1950 :Alemania. Hitler. II Guerra Mundial. 5 millones Judíos muertos. Regreso a su tierra que está ocupada.

CAPÍTULO VIII: LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

A. LA PRUEBA OFICIAL 


a) VALOR ESPECIAL 
El valor especial de esta prueba está en el hecho de que Jesús la ha dado como demostración y prueba definitiva. Cuando encendido en el celo por la gloria de Dios, arroja a los vendedores del Templo, a los fariseos, que preguntan con qué autoridad hacía eso, les contesta: “Destruid este templo y en tres días lo reedificaré” (Jn 2,19). Aunque el sentido de las palabras era oscuro, el evangelista añade que se refería a la resurrección (Jn 2,21). 
Lo mismo afirma más claramente en otra ocasión. Jesús había hecho muchos milagros y las turbas estaban entusiasmadas, pero los fariseos se mantenían indiferentes, un día se le acercan y le dicen: “Maestro, queremos ver un signo”. Jesús les responde: “Esta generación mala y perversa pide una señal, no se le dará otra que la de Jonás el profeta. Como Jonás permaneció en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así el Hijo del Hombre permanecerá en el vientre de la tierra tres días y tres noches” (Mt 12,38-40). 
Los fariseos tomaron buena nota de estas predicciones, como de las otras hechas por el mismo Jesús al anunciar su pasión con la resurrección (Mt 16,20; 17,9; 20,17; 26,32); pero, los discípulos no se acordaron de ellas. Los fariseos, sí; por eso, se lo recordaron a Pilatos para que pusiera guardias al sepulcro (Mt 27,63). Para ellos estaba claro que era la prueba definitiva de Jesús, con el que quisieron acabar y pensaron que ya lo habían hecho, pero no estaban seguros del todo. Si resucitaba se habían equivocado en pleno. Por eso, para cubrirse bien, querían evitar hasta la apariencia de la resurrección. 
Pero, por otra parte, también los Apóstoles, a solo cincuenta días de la muerte de Jesús, comienzan a difundir su mensaje por todo Jerusalén y la prueba principal que dan es la resurrección, de la que ellos son testigos (Hec 2,22-41). 
Pablo proclamará la resurrección como argumento decisivo: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15,17). Por eso, es la prueba de mayor importancia para la fe. 
Además, lo más difícil de este mundo es vencer a la muerte. Por eso, la resurrección de muertos son los milagros cumbres; pero, aún más es que uno estando muerto, él mismo se resucite. Que se entregue atado de pies y manos a la muerte, que se deje matar y que encima, muerto, venza a la muerta. Eso únicamente Dios lo puede hacer. 

B. EL SEPULCRO VACÍO 

a) PRUEBA A LA QUE NO SE DIO IMPORTANCIA 
Es una prueba a la que no se le dio importancia. No es éste el dato más importante. Jamás lo citaron los Apóstoles como prueba de la resurrección de Cristo, ni se apoyaron en este hecho. Pero, esto solo bastó a Juan para creer (Jn 20,8). Y el hecho llamó la atención a todos los evangelistas, especialmente a Mateo, que quizás narra más detalles para evitar acusación de que lo habían robado (Mt 28,13-15). El problema era que a petición de los fariseos, la tumba había sido custodiada por los soldados romanos (Mt 27,65-66). Pilatos reconoce que sabían asegurarse bien y les da la guardia; además, sellaron el sepulcro, para que no hubiera posibilidad de subterfugio=escapatoria. 

b) A PESAR DE LOS CUIDADOS 
Pero, a pesar de todos estos cuidados la tumba quedó vacía, lo que aconteció mientras el terremoto, que removía la piedra y dejó patente el sepulcro (Mt 28,2). Como los soldados ya no tenían nada que cuidar, se presentaron a los que les habían dado la misión, para exponerles los hechos. Reunidos en consejo, el Sanedrín, dieron una gran suma a los soldados para que dijeran: “Sus discípulos vinieron de noche robaron el cadáver mientras nosotros dormíamos” (Mt 28,13). 
Naturalmente que les tuvieron que prometer, que si la cosa llegaba a oídos del procurador ellos lo arreglarían (Mt 28,14). Porque una negligencia tal no la podía pasar por alto sin más. A los fariseos les ha salido mal su estrategia, por lo que ellos pusieron para asegurarse de que no iba a haber resurrección, es precisamente uno de los argumentos de ella, aunque no se le haya considerado con demasiada fuerza. Si ellos no hubieran puesto esta diligencia, no hubiese tenido tanta importancia. 

c) EL CADÁVER 
Pero los fariseos sabían que teniendo el cadáver en su poder, por mucho que anunciaran la resurrección, no valdría nada las palabras que dijeran sus Apóstoles ya que ellos hubieran mostrado el cadáver. Además, dicho cadáver era fácil de identificar. 

d) NO HAY CADÁVER 
El caso es que teniendo ellos el cadáver, guardándolo con tanta diligencia y empeño, el cadáver se les esfuma de las manos. ¿Qué explicación puede tener esto? Solamente una: La resurrección. He aquí los argumentos 

1. Es absurdo pensar que los Apóstoles, llenos de miedo, iban a darles una batalla por el cadáver cuando no lo habían hecho estando con vida Jesús. No existe huellas de la pelea, ni siquiera un rasguño de nadie. 
2. No dieron pocas vueltas a este problema los fariseos y ¿con qué salieron? Con el soborno de los soldados para que digan que se lo habían robado mientras dormían. Con razón dice san Agustín: “¿Traes testigos dormidos? Tú que si dormías cuando se te ocurrió tal cosa. Si dormían, ¿que podían ver?; si no vieron por estar dormidos, ¿qué podían testificar? 
Evidentemente no podían decir, que lo hubieran robado, ni mucho menos que habían sido los Apóstoles. Pero el hecho de dar esta razón absurda demuestra que no tenían ninguna otra. Era absurdo que durmieran todos los soldados a la vez, que sabían establecer sus turnos de guardia; era absurdo que vinieran los discípulos, encerrados en el cenáculo con puertas y ventanas seguras, llenos de miedo; era imposible, que si vinieran, tendrían que haber venido en grupo, para animarse y defenderse, no metieran ruido, ni siquiera al romper los sellos y remover la piedra, de forma que no se despertaran los soldados; era imposible todo esto. No queda más que una salida: la resurrección. 
3. Además, ellos tenían el poder en Jerusalén. Si existía el cadáver, hubieran podido dar con Él. Ese era mejor argumento que los azotes y las ejecuciones de los Apóstoles para acabar con aquello. Pero, no pudieron presentar el cadáver porque sencillamente dicho cadáver no existe, a pesar de ser tan característico, tan conocido y tan señalado por todos los tormentos de la pasión. 
4. Y esto no se ha podido logar en veinte siglos. Se han encontrado incluso restos más antiguos, pero este no; y es el más importante del mundo. Si lo lograran encontrar echarían abajo la religión más extendida y más fuerte. Teniendo tantos enemigos la Iglesia, tan encarnizados y siendo este el medio más radical para acabar con ella, no han podido llenar este sepulcro con el cadáver de Jesús. Y es que no le demos más vueltas, ese cadáver no existe. ¡Cristo ha resucitado! 

C. LAS APARICIONES 

a) ELLOS SON TESTIGOS 
1. Sin duda alguna las apariciones son el hecho principal entre los que atestiguan la resurrección de Cristo. Los Apóstoles se presentan como testigos de la resurrección. Esto es lo que no cesan de afirmar claramente en los Hechos: “A este Jesús, Dios lo resucitó, de lo cual todo nosotros somos testigos” (Hec 2,32). Y esta expresión la entienden como únicamente la podían entender, de ser testigos presenciales, no del hecho mismo de la resurrección (lo que nunca afirman), si del resucitado Por eso, ante los sanedritas que los conminan a callar sobre este testimonio, les dicen: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hec 4,10). Y de lo que hablaban abiertamente hasta delante de los sanedritas era de la resurrección de Cristo. Por lo mismo dirá san Pedro en casa de Cornelio: “A este, Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con Él, después que resucitó de entre los muertos” (Hec 10,40-44) 
2. Por consiguiente, toda la fuerza de la prueba de la resurrección descansa fundamentalmente en un testimonio, que a su vez toma fuerza del hecho de que le han visto, de que han comido y bebido con Él después de resucitado, es decir, en el hecho de las apariciones. 
3. Ahora bien, este acontecimiento se presenta como cualquier otro de los que han presenciado en la vida de Jesús; por eso, su testimonio es una continuidad de ella (Hec 1,22). Tan es así que en general anuncian la vida de Jesús, especialmente la muerte y la resurrección, en su testimonio (Hec 2,32; 3,13-15). Por eso, se afirma de una forma categórica la realidad de la resurrección: “Verdaderamente el Señor ha resucitado” (Lc 24,34). Se trata, por tanto, de un hecho real, tan real como cualquier otro, aunque sea de un carácter único por otra parte. 

b) ¿CÓMO EXPLICAR LA TRANSFORMACIÓN PASCUAL DE LOS APÓSTOLES? 
1. Se escandalizaron. Ya Jesús les había anunciado bien claro: “Todos vosotros os vais a escandalizar” (Mc 14,27; Mt 26,31; Lc 24,19-21). Pero desde luego no podían pensar que iba a ser tan grande la desilusión sufrida. La manifestaron muy al vivo los de Emaús: “Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a liberar a Israel” (Lc 24,21). Ya no tenían esa esperanza, se les había esfumado del todo, por eso abandonan 

Y esto era lo que esperaban los Apóstoles, el triunfo humano de Jesús, por eso Santiago y Juan se adelantan a pedir los primeros puestos en su reino, esto indigna a los demás (Mc 10,35). No comprendían la pasión. Cuando habla de ella por primera vez, Pedro toma aparte a Jesús para quitarle la idea la cabeza, y Jesús tuvo que decirle: “Apártate de mi vista Satanás” (Mt 16,23). Muy fuerte tuvo que estar Pedro para que Jesús reaccione así, y es que a Pedro esto no le cabía en la cabeza, como tampoco les cabía a los demás Apóstoles. Por eso, cuando les anuncia la pasión por segunda vez, comenta Lucas: “Ellos nada de esto comprendieron; estas palabras les quedaban ocultas y nada de esto entendían” (Lc 18,34). 
2. Al esperar, por un lado, el triunfo humano de Cristo, el Reino, y por otro, no comprender en absoluto las predicciones de Jesús, la pasión les cogió tan desprevenidos, que los derrumbó del todo. La muerte de Jesús en el patíbulo no lo esperaban. Tanto les desconcertó que no supieron reaccionar, sólo tuvieron el reflejo instintivo de defensa, cerrar puertas y ventanas y parapetarse detrás, por si acaso. 
3. Por eso, no les podía entrar la idea de la resurrección. No la habían comprendido nunca, a no ser la resurrección de los muertos en el último día. Cuando después de la transfiguración les habla de ella, Marcos expresa que: “Ellos observaron esta recomendación discutiendo entre sí, qué era eso de resucitar entre los muertos” (Mc 10,9). Y tampoco lo entendieron cuando al hablar de la pasión, les anunciaba también la resurrección. 
4. Cuando estaban así completamente abrumados por la pasión, sin acordarse para nada de la resurrección, sin ilusión, ni esperanza por nada, de repente cambia el panorama y se lanzan a la calle a predicar con toda valentía y no les importa sufrir ni arriesgarse por Cristo. ¿Qué es lo que ha pasado? Simplemente que les han transformado las apariciones del Señor resucitado. No hay ni puede haber otra causa. 

c) LOS APÓSTOLES NO HAN MENTIDO 
1. Si los Apóstoles no han visto a Jesús resucitado, es que han mentido. Pero, nadie miente sin algún motivo. Este es un principio universalmente admitido. A la eventual mentira de los Apóstoles habría que buscarle un motivo, éste no puede ser otro que el interés. Éste puede ser material, como el dinero; o espiritual, como la gloria, la fama, el poder. 
2. Los Apóstoles predicando la resurrección sólo podían esperar persecuciones, como lo experimentaron inmediatamente. A los pocos días de Pentecostés arrestaron a Pedro y a Juan, más tarde a los otros. Los azotaron y les amenazaron para que callen. De las amenazas pasan a los hechos, lapidando a Esteban (Hec 7,58), obligando a los primeros cristianos a dispersarse (Hec 8,2), matan a Santiago, encarcelan a Pedro (Hec 12,2-3), que tiene que huir a otra parte (Hec 12,7). Esto es suficiente para ver que no persiguen ningún interés material. 
3. Predicando la resurrección tenían que renunciar al Mesías político, que les hubiera dado días de gloria terrena. Por eso, los fariseos que se oponían a Cristo siguieron oponiéndose a los Apóstoles, que no consiguieron, más que el fracaso humano, como el mismo Jesús. Tampoco podían tener esta clase de interés. 
4. Sólo la fuerza de la verdad, que se les imponía por encima de todo, pudo ser capaz de hacer predicar hasta morir a estos hombres que confesaban que Cristo ha resucitado. 

d) NO ERA POSIBLE LA ILUSIÓN 
1. Queda otra hipótesis, la única que tienen en cuenta los investigadores en la que los racionalistas fundan sus explicaciones sobre el origen del cristianismo. Predicando la resurrección de Jesús los Apóstoles eran perfectamente sinceros, convencidos de lo que decían. Pero su fe no era el resultado de una realidad verdaderamente constatada, sino el efecto de una ilusión. Cuando se ama a una persona no se puede resignar a su falta, a su perdida. Y los apóstoles amaban a Jesús, con todo el corazón. Cuando lo vieron muerto en la cruz, tuvieron un momento de crisis, de hundimiento. Pero, después sus espíritus reaccionaron y por la tarde del día de Pascua llegaron a la certeza de que lo habían visto vivo. A partir de aquel día ya no dudaron más y lo predicaron hasta la muerte. 
La resurrección de Jesús es por tanto el resultado de la imaginación de sus Apóstoles. Cada racionalista presenta la explicación a su manera, con sus peculiaridades; pero todos convienen en atribuir a la imaginación de los Apóstoles y a su sugestión, la certeza de haber visto a Cristo resucitado. La resurrección de Jesús es una mentira creada por el amor y predicada por amor. 
2. Vale la pena ver la descripción completa con la que Renan explica la formación de esta ilusión: “El grupo principal de los discípulos estaba en aquel momento recogido en torno a Pedro. Se había echado la noche. Cada uno comunicaba sus impresiones y los rumores que habían escuchado. La creencia común quería que Jesús hubiera ya resucitado. A la entrada de los dos discípulos de Emaús se apresuraron a hablarles de lo que se llama la visión de Pedro. Ellos, por su parte, de lo que les había ocurrido en el camino, cómo lo habían conocido al partir el pan. 
La imaginación de todos se encontraba excitada vivamente. Las puertas estaban cerradas por miedo a los judíos. Las ciudades orientales están mudas después de la caída del sol. El silencio, por tanto, era profundo en aquel momento. Cualquier rumor que se producía era interpretado en el sentido de la espera común. La espera crea ordinariamente su objeto. Durante un instante de silencio, un ligero soplo pasó por el rostro de los presentes. En estas horas decisivas, una corriente de aire, el chirrido de una ventana, un murmullo casual fundamenta la creencia de los pueblos para los siglos. 
Al mismo tiempo que se hizo sentir el soplo, se cree oír sonidos. Algunos dijeron que habían escuchado la palabra ‘Shalom’, la paz. Era el saludo ordinario de Jesús y la palabra con lo cual indica su presencia. No hay duda, Jesús está presente, está en la reunión. Es su voz querida, cada uno la reconoce. Esta imaginación era tanto más fácil para ser creída realidad, ya que Jesús les había dicho que todas las veces que estuvieran reunidos en su nombre, Él estaría en medio de ellos. 
Fue por tanto algo admitido por todos, que el domingo por la tarde, Jesús se apareció a sus discípulos reunidos. Algunos pretendieron haber distinguido en sus manos las señales de los clavos, en su costado la huella de la lanzada. Según una tradición muy extendida, fue aquella misma tarde que sopló a sus discípulos el Espíritu Santo. La idea, al menos, de que su soplo hubiese aliviado la reunión, fue universalmente admitida. Tales fueron los sucesos de aquel día, que han fijado la suerte de la humanidad. La opinión de que Jesús había resucitado se formó de modo irrevocable. La secta que se había creído apagar con la muerte del Maestro, quedó garantizada con un porvenir inmenso” (Renan, les aportes, París 1866, p.21-23). 
3. No cabe duda que es una bella página literaria, escrita por un artista de la pluma. Muy sugestiva: “La corriente de aire que establece el curso de los siglos”. Pero esta exuberancia imaginativa, si que brota del corazón, porque no puede salir de la cabeza. Son afirmaciones gratuitas: “la espera crea ordinariamente el objeto”. Con indicios, con meras posibilidades se hace toda una construcción, que se pretende presentar como una explicación lógica, pero que no tiene ninguna consistencia ante un análisis serio. También podríamos afirmar, y con más razón, que cuando uno no tiene un argumento para echar abajo una verdad, que le molesta de veras, lo crea con su imaginación. Eso es la página de Renán. 
4. Ante todo, si la hipótesis tuviera algún fundamento, si verdaderamente la resurrección de Jesús fuese el resultado de la elaboración de la fantasía de los discípulos, debiera aparecer algún detalle de ello, especialmente en la acumulación de detalles maravillosos en la descripción de la resurrección, como se ve en la exhuberancia de detalles imaginativos en esa página de Renán. 
Pero, precisamente la resurrección misma no la describe ningún evangelista. Y este era el acontecimiento más importante, el que podía dar más pie a la fantasía. Se podía haber descrito el alma de Jesús entrando en el sepulcro acompañado de los Ángeles y de los Patriarcas del Antiguo Testamento a los que les muestra su cuerpo desfigurado por los tormentos, que al punto es trasformado y vivificado… y sale resplandeciente y brillante del sepulcro… habían tenido los elementos de la transfiguración para componer imaginativamente la escena… pero no hay nada de esto en el Evangelio. 
5. Que en plan imaginativo esto era lo natural y humano nos lo hacen ver los autores de los evangelios apócrifos, a cuya fantasía no se les pasó por alto este detalle. Veamos como lo narra uno de ellos: “Dándose el cambio de dos en dos, se produjo un gran ruido en el cielo y se vio abrirse los cielos y descendieron dos hombres resplandecientes de luz y se acercaron al sepulcro. La piedra que estaba puesta a la entrada, se retiró ella sola y se puso a un lado. El sepulcro se abrió y los jóvenes entraron. Ante esta vista, los soldados despertaron al centurión y a los ancianos, que estaban también allí para hacer guardia. Apenas tuvieron tiempo para contarles lo que habían visto, cuando vieron que salían tres hombres de la tumba: los dos jóvenes sostenían al otro y una cruz los seguía, la cabeza de los dos primeros tocaba el cielo. Y se oyó una voz del cielo que decía: ¿Has predicado a los muertos? Y se oyó responder de la cruz: Sí. Se pusieron de acuerdo entre ellos para ir a poner a Pilatos en conocimiento de estos hechos. Estaban todavía deliberando, cuando se vio de nuevo abrirse los cielos y a un hombre bajar y entrar en el sepulcro” (Amoit, les evangelis apocyphes, parigi, 1947). 
6. La narración de Mateo (28,2-7) que es la que más se aproxima al momento de la resurrección, no se parece en nada a esto. No hay esa exuberancia imaginativa, ese multiplicar detalles maravillosos. A la imaginación no le cuesta crear nuevos elementos. Por el contrario, la verdad no da más de sí, que la sobriedad de los hechos. Esta sobriedad y sencillez es lo que se nota en los relatos evangélicos. 
7. Otra observación nos haría comprender hasta qué punto las narraciones evangélicas carecen de elementos fantásticos. Entre los elementos humanos, la venganza ocupa un puesto importante. No es ciertamente indicio de gran nobleza de espíritu, de elevación moral, pero responde a las necesidades de reparación y de justicia del que ha sufrido una injusticia. Ahora bien, Jesús había sido ofendido por sus enemigos como ningún otro, cubierto de injurias, acusado de crímenes jamás cometidos, expuesto a la pública vergüenza de todos los ciudadanos y de todos los peregrinos. ¿Qué cosa más natural suponer en Él la voluntad de una revancha, que le restituya el honor perdido? Cosa más natural hubiera sido, si la resurrección fuese el fruto de la fantasía o imaginación de sus discípulos, que Jesús se hubiera aparecido a sus enemigos, delante del Sanedrín que le había condenado unos días antes. 
Una aparición del resucitado habría causado una desbandada entre los fariseos, quizá algunos hubieran creído en el Mesías triunfante. Por el contrario, no hay nada de esto en el Evangelio. Ellos cuentan que los escribas y los fariseos supieron de los soldados de la resurrección de Jesús, pero estos no hablaban de una aparición, sino de una desaparición. Esto es tan raro, que ya en el siglo II Celso la presenta como una dificultad: “Si Jesús ha resucitado verdaderamente, ¿por qué no se ha aparecido a sus enemigos?”. Y los discípulos eran hombres que deseaban una revancha. ¿No habían querido Santiago y Juan que bajara fuego sobre la ciudad que no había querido recibir al Maestro? 
8. Otra observación, si la resurrección de Cristo y sus apariciones fueran fruto de la fantasía y el amor de sus discípulos, el número de ellas debería ser enorme. Porque cada discípulo habría tenido su aparición. Por el contrario, el número de apariciones es limitado. Más aún, lo que parece verdaderamente inexplicable para los que admiten la teoría de la alucinación, estas disminuyen con el paso de los años. 
La fantasía es un río que crece cuando se aleja de la fuente y se abre camino hacia el mar. Llega un momento en que resulta difícil aislar el núcleo histórico en todo el montón de elementos fantásticos. Pero, en los Evangelios se verifica el fenómeno contrario. El testimonio más antiguo es el de Pablo y los Sinópticos, que refieren seis apariciones, mientras que Juan bastante más reciente relata sólo cuatro. Esto es sorprendente. ¿Cómo explicar que en el caso de Jesús, el río de la fantasía ha ido disminuyendo de volumen? Únicamente porque las apariciones no son efectos de la fantasía. 

e) IMPOSIBILIDAD DE LA ALUCINACIÓN 
¿Es posible explicar con la alucinación la certeza de los discípulos de haber visto a Jesús resucitado? Este es un problema de psicología y hay que examinarlo en este terreno. 

1. Los especialistas en esta materia concurren en afirmar que la alucinación es posible sólo cuando el sujeto está dispuesto a tenerla. Los caracteres positivistas, críticos, son los menos influenciables, especialmente son refractarios los que se encuentran en una depresión de desánimo y pesimismo. Mientras duran estos estados de ánimo la alucinación es imposible. 
2. Precisamente este es el caso de los Apóstoles. Después de haber asistido al fracaso de su Maestro, de haberlo visto atormentado y matado como a un criminal cualquiera en el patíbulo, el desaliento se había apoderado de ellos. Un hombre tan poderoso que había curado tantos enfermos, resucitado muertos, calmado la tempestad; no había sido capaz de huir de las manos de sus enemigos, de bajar de la cruz cuando lo desafiaban a ello. Este estado de ánimo lo describen los Evangelios de un modo tan natural, que no es posible dudar de su sinceridad. 
Apenas oyen de las mujeres que la tumba está vacía y que un ángel ha dicho que Jesús ha resucitado, en seguida tachan todo esto de delirio de mujeres. Ellos están muy lejos de aceptar nada de esto. Están tan descorazonados que Tomás y otros dos discípulos abandonan el cenáculo. Estos últimos a los que Jesús se les aparece en la tarde del domingo, creían que estaban viendo un fantasma. Y eso que su imaginación tenía que estar muy excitada, no con las narraciones de las mujeres, pero, sí con la de Pedro y la de los discípulos de Emaús. 
3. Pero, a pesar de todo en vez de saludar a Jesús con un grito de entusiasmo lo toman por un espíritu. Jesús no tiene más remedio que decirles: “Palpad y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo” (Lc 24,39). No contentos con verle, tienen que tocarle para convencerse. Pero, aún, ni por eso se dan por vencidos; por eso, el evangelista añade: “Como ellos no acababan de creerlo” (Lc 24,41). Claro que los disculpa un poco atribuyéndolo a la alegría, pero el hecho es que no acaban de creer ni palpando y Jesús tienen que darles otra prueba más de que no se trata de un espíritu. 
4. Y se pone a comer delante de ellos. Tiene que multiplicar las pruebas para convencerles, porque estaban totalmente reacios a la idea de la resurrección, o mejor dicho, a que ellos vieran al resucitado. Aunque la idea ya la habían aceptado por el testimonio de Pedro, pero ni aún con ello, podían admitir una visión, si no palpan y si no ven que come y que desaparece el alimento. Que lejos de esta realidad está la credibilidad tan fantástica que les pone Renán. 
5. Todavía es más significativo el caso de Tomás, que estuvo ausente. Cuando vuelve y se lo cuentan no les cree a ninguno. Es posible que Tomás fuera más pesimista (Jn 11,16), que se impresionara más hondamente, que se encerrara más en sí mismo, en la soledad… el hecho es que a pesar de todo lo que le decían todos, empezando por Pedro, se obstina en no creer y no hubo manera de convencerle. Al contrario, se aferra cada vez más a lo suyo. Es la psicología del terco, ya ha dicho que no y no hay nada que le haga cambiar de parecer. 
A este discípulo jamás le habría dado una alucinación, no estaba preparado psicológicamente para ello. A medida que pasaban los días el tiempo parecía darle la razón, más convenido de que era el único que estaba en lo cierto. Hasta que se le aparece Jesús, se dirige a él delante de todos y le hace cumplir la condición que exigía en su cerrada incredulidad, y cuando mete su dedo en las llagas y su mano en el costado ya no puede más y se derrumba vencido. 
Es la realidad lo que se le ha impuesto con la fuerza absoluta de los hechos, ninguna otra cosa hubiera sido suficiente. Ponía unas condiciones casi absurdas para creer y Jesús se las cumplió al pie de la letra. Ante eso, no tuvo más remedio que darse por vencido, pero jamás hubiera pensado que estas condiciones se podían cumplir. Jesús quiso en Tomás curar nuestra incredulidad. Y a pesar de todo todavía, en la última aparición, había algunos que dudaban, no acababan de creer y Jesús tienen que reprender su incredulidad (Mt 28,17). Todo esto nos indica que en los discípulos no podía haber alucinación. 
6. En la hipótesis que ya hemos visto absurda de que hubo alucinación, ¿cuánto les hubiera podido durar? Según los especialistas, tanto cuanto les hubiera durado el estado de exaltación que producía la alucinación. Esto significa que, a las primeras dificultades encontradas en la predicación, a las primeras detenciones, flagelaciones, persecuciones, hubieran vuelto a la realidad, a pisar tierra. Por el contrario, su fe duró toda una vida hasta hacerles soportar el martirio. ¿Cómo llamar ilusos a hombres realistas como los Apóstoles, hombres habituados a duras fatigas de la vida, que por treinta años han perseverado en la predicación incansable de Cristo resucitado, sin ninguna ventaja material, humana, despreciados, perseguidos, atormentados, ajusticiados, ejecutados por la justicia?. Esto no puede ser fruto de la alucinación. 

f) LAS CONTRADICCIONES DE LOS EVANGELIOS 
Dichas contradicciones se presentan como una dificultad para las apariciones. Veamos este problema. 

1. En los relatos evangélicos se presentan muchas contradicciones. Por ejemplo, Marcos dice que las mujeres llegaron al sepulcro cuando salía el sol, mientras que Juan dice que llegaron cuando aún era de noche. Mateo nos hace saber que la tumba está guardada, mientras Marcos no sabe nada de esto, ya que las mujeres sólo se preocupan de la piedra. Las mujeres que van al sepulcro, según Juan es una, según Mateo, dos y según Lucas, un grupo. Y así por el estilo existen otras contradicciones, la objeción surge espontánea al que lee el Evangelio y lo hacen todos los racionalistas. 
2. Pero se trata de una dificultad aparente. Veamos cómo se expresa a propósito de las contradicciones en los documentos históricos uno de los maestros en la ciencia histórica, Seignobos: “La tendencia natural a considerar la concordancia de los testimonios como una afirmación, tanto más probatoria cuanto más completo resulta, no es cierta, por el contrario, es preciso adoptar la regla paradójica de que la concordancia prueba más cuando se limitan a un pequeño número de puntos. Son los puntos concordantes de esas afirmaciones divergentes, los que constituyen los hechos científicamente establecidos” (Introducción aux etudes historiques,1. Cap. 8. Pag. 179). 
3. Según esta regla fundamental, podemos estar tantos más ciertos, cuanto más los testimonios convergen en la sustancia del hecho narrado y no están acordes en el resto y el motivo es claro, cuando los testimonios están de acuerdo en todo es fácil pensar que vienen de una misma fuente originaria, mientras que cuando son divergentes en no pocos detalles es claro que vienen de otras fuentes. De hecho, varias personas que presencian un hecho, son impresionadas de modos diferentes por uno y otros detalles, lo principal del hecho lo dirán a su modo, pero los detalles variarán mucho. Este es el trabajo del historiador, valorar los detalles, poner de acuerdo las narraciones diversas de los testigos. Pero esta discrepancia garantiza la autenticidad. 
4. Por lo que toca a los Evangelios, todos son unánimes al referir que al tercer día la tumba de Jesús fue encontrada vacía y que Él fue visto, primero por las mujeres y después por los discípulos. Se pueden compaginar algunas divergencias, como sobre la hora en que salieron las mujeres, que pudo ser de noche todavía cuando llegaron, que ya había salido el sol. De todos modos, son detalles sin importancia. Lo más difícil de compaginar son las apariciones a las mujeres, quizá Juan personifica en una los sucesos. 
Tampoco el número hace mucho. De todas formas estas apariciones a las mujeres no se les tiene en cuenta como prueba de la resurrección. Lo que vale, entre los judíos, es el testimonio de los hombres. Por eso, san Pablo no cita a ninguna mujer entre las que vieron a Cristo resucitado y no son sus testigos. Tampoco aluden a ellas los otros Apóstoles cuando testifican la resurrección. También hay otras divergencias, unos narran unas apariciones y otros, otras; algunos las repiten varias veces, mientras otros la traen solo una. También hay divergencias sobre cuáles apariciones fueron primero, las de Galilea o las de Jerusalén, etc. Pero la sustancia queda intacta y precisamente esas divergencias la garantizan. Lo que era una objeción se ha vuelto un argumento a favor de las apariciones. 

g) LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO
1. Entre las apariciones de Cristo resucitado la más singular y la que cambió la vida de san Pablo fue la de Damasco. Antes hemos dicho que no se apareció a ningún enemigo suyo. Éste si que era enemigo de Cristo y de los cristianos. Además, esta aparición tuvo lugar tres años después de la ascensión. 
2. Se trata de un hecho decisivo que ha influido en toda la historia de la Iglesia, no solo en el cristianismo primitivo. Pablo si que era un fariseo de pura sangre, afincadísimo en sus tradiciones nacionales, firme en la idea de un Mesías político, que no duda en combatir abiertamente a los que salen de esa ortodoxia. Esto no le da ningún escrúpulo. Él lucha por la ley de Dios dada a sus padres. Para un fariseo esa ley no admite más interpretaciones que la que se ha venido dando entre ellos. Pablo estaba tan convencido de que no duda en matar y morir por ello, nos lo dice él mismo en sus cartas (Gal 1,13-16; Filp 3,4-6). 
3. Pero se le aparece Cristo en el camino a Damasco y aquel furioso perseguidor de los cristianos se convierte inmediatamente en apóstol de Cristo, hasta el punto que para él, “El vivir es Cristo y una ganancia el morir” (Filp 1,21). La transformación completa de su ser es tal que puede afirmar “Ya no soy el que vivo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Nada puede frenar su celo por difundir la doctrina que antes tan encarnecidamente persiguió (2 Cor 11,26). 
4. Este hecho tan singular, este cambio tan radical, no tendría ninguna explicación si no se le hubiera impuesto a Pablo la verdad de la resurrección. Verdad que Pablo no estaba dispuesto a admitir, para la que no estaba en modo alguno preparado, sino todo lo contrario. Por eso, para que Pablo se convirtiera tuvo que ser la resurrección algo tan evidente, real e indudable que su mundo se vino todo abajo. Y se abrió a otro sentido totalmente distinto. Pablo, de perseguidor fanático del cristianismo, se convirtió en ardiente Apóstol de Cristo. Por eso, él dirá: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1Cor 15,17). También sería vana su fe, es decir, la de Pablo. Su conversión debido al encuentro personal con Cristo resucitado, es una prueba más de la resurrección de Jesús. 

h) LA FE DE LA IGLESIA PRIMITIVA 
1. La fe vivísima y el entusiasmo de la Iglesia primitiva que tuvo, que se manifestó en la gran fuerza expansiva, que comenzó con la predicación del Evangelio, a pesar de las persecuciones que sufrieron en esos primeros siglos los cristianos, no se explica sino con la resurrección de Cristo. Precisamente porque no pocos de ellos, hasta quinientos fueron los testigos presenciales de Cristo resucitado, vivieron con intensidad inusitada esa fe de la experiencia de algo que marcó todas sus vidas. Los que no habían sido testigos directos estaban en contacto con ellos. Esto es muy distinto de oír sus relatos a cabo de siglos. Por eso, era tan viva la fe de la Iglesia y su ansia de espera a la venida de Cristo resucitado en la parusía. 
2. Que toda esa comunidad en su origen fundamentalmente judía, haya cambiado sus categorías tradicionales sobre el Mesías, haya renunciado a los sueños de grandeza política de Israel en el mundo, e incluso a sus prácticas judías, no se explica sin el hecho del todo excepcional, de la resurrección de Cristo. Tenían que estar íntimamente convencidos y podían estarlo como nadie, por esta presencia de los testigos inmediatos. 

D. LA RESURRECCIÓN DE JESÚS ¿ES UN HECHO HISTÓRICO?
1. Los racionalistas no admiten que sea un hecho histórico, porque para ellos esto no es algo que le ocurre a Cristo, sino sólo a los Apóstoles. Ya hemos visto que en eso no tienen razón en el fundamento de su afirmación. Pero admitiendo la resurrección como un hecho objetivo, muchos exegetas protestantes y católicos no admiten que sea histórico y distinguen los dos conceptos. Con el término objetivo, admiten algo real, no sólo en los Apóstoles sino en Jesús mismo. 
Por otra parte, por histórico entendemos un hecho constatable por la experiencia. Lo que es histórico en la resurrección, son los hechos que le siguen y no tienen explicación más que con la resurrección. En este sentido, diríamos que la resurrección es un hecho indirectamente histórico. La resurrección de Jesús no es como la de Lázaro, Jesús lo resucitó para que continúe su vida terrena como la de antes. La resurrección de Jesús la podemos llamar escatológica, su cuerpo tiene propiedades que no son de este mundo, ya no vive completamente como uno de nosotros. Él ha salido del campo de la historia. En este sentido se puede aceptar que la resurrección no entra propiamente en la historia, sino indirectamente. La resurrección de Jesús, no obstante, es un hecho objetivo, que ha dejado sus huellas en la historia. 

E. ¿QUÉ SENTIDO DAN LOS APÓSTOLES A SUS AFIRMACIONES SOBRE LA RESURRECCIÓN? 
1. Ante todo, que es un acontecimiento tan real como el de la muerte en la cruz aunque sea diferente. Es frecuente en el anuncio de la resurrección arrancar de la pasión, dando a ambas cosas el mismo valor en cuanto a realidad: “Murió… según las Escrituras… y resucitó… según las Escrituras” (1 Cor 15,3-4). 
2. Entienden por resurrección la vuelta a la vida desde el estado de muerte. Es frecuentísima la fórmula: “Resucitó de entre los muertos” o “de la muerte” (Hec 3,15; 4,10; 1Cor 15,12-20). Por eso no tienen sentido el que las mujeres vayan al sepulcro “buscando entre los muertos al que está vivo” (Lc 24,5). 
3. La resurrección tal y como lo explican los Apóstoles no es solamente la vuelta a esta vida y a nuestro mundo espacio temporal. Aquí no es como la resurrección de Lázaro, por ejemplo, que resucitó para volver después, a morir. Es un pasar a la vida definitiva, al estado estrictamente escatológico. Es “el primero en la resurrección de los muertos” (Hec 26,22-23). Ellos entendieron una resurrección corporal, total el hombre Jesús o de la humanidad de Jesús, toda entera. 
4. La identidad del resucitado es la de aquel que “murió, fue sepultado y resucitó al tercer día” (1 Cor 15,3-4). O como dirá san Pedro: “A éste Jesús, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos” (Hec 4,10). O como dice el Apocalipsis: “Yo soy el que vive; estuve muerto y de nuevo soy el que vive por los siglos de los siglos…”(Apoc 1,18). Sólo en el relato de los discípulos de Emaús se usa cinco veces el pronombre “el mismo” para referirse a Jesús, con lo que se está subrayando la identidad existente entre el resucitado y Jesús que habían tratado y conocido ellos. 
5. Respecto a la referencia al cuerpo crucificado de Jesús, todos los evangelistas hacen notar el hecho del sepulcro vacío. Al tratarse de la resurrección tiene que tener el significado de que ese cuerpo ha resucitado, Hay que tener en cuenta de que las mujeres van en busca del cadáver para embalsamarlo. Sin embargo, les dicen que “¿por qué buscan entre los muertos al que vive?” (Lc 24,5). Eso quiere decir que ese cuerpo ya no es cadáver, ya no está entre los muertos. Para que no pueda haber duda sobre esto, conserva la llaga de los clavos y la lanzada y precisamente les muestra como señal de identidad, como el Jesús que ellos habían conocido y que era el mismo que había sufrido en la cruz. 
6. Junto a esta continuidad se afirma una discontinuidad en cuanto a que el estado es diferente. Ya no está permanentemente con ellos, aparece y desaparece. Es una propiedad de ese cuerpo glorioso. Tampoco existen los obstáculos de las paredes, puede subir derecho hacia la atmósfera… conserva la corporeidad, tiene carne y huesos, no es puro espíritu. Pero su cuerpo no está en el estado natural en que nos encontramos en este mundo. Y es que propiamente ya ha salido de él y sólo accidentalmente vuelve a él. 
7. Respecto a la naturaleza de las apariciones se debe decir que no se trata de visiones. Las distinguen perfectamente de otras que son tales. Jesús se había mostrado a Pablo en diversas ocasiones (2 Cor 12,1). Pero, sus credenciales de testigo de la resurrección las basa sólo en la aparición en el camino de Damasco (1 Cor 15,6). Esto fue un hecho distinto, no una visión, sino un acontecimiento real, algo que está afuera, y puede ser aceptado por los sentidos. Por eso es testigo. También tuvo una visión Ananías en Damasco, pero no por eso se le equipara a los testigos de la resurrección. Las apariciones tienen semejanza de una a otra en sus elementos fundamentales. Tanto que ha habido quien ha pretendido reducirlas todas a una. Pero eso no es posible. La de Pedro se distingue de la de los discípulos; igualmente la de Pablo, la de Emaús, la de los quinientos hermanos, etc. Cada una tiene características singulares. Además Lucas señala expresamente: “Se manifestó vivo a los Apóstoles con muchas señales demostrativas, dejándose ver durante cuarenta días” (Hec 1,3). Si se dejaba ver a lo largo de esos días, no podía ser una sola manifestación. Por otra parte, también dice Pablo: “Él se apareció durante muchos días a los que habían subido con él de Galilea y que ahora son testigos suyos ante el pueblo” (Hec 13,31). 

F. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, GARANTÍA DE LA NUESTRA 
El hombre, sin Cristo, se queda solo frente a la muerte. ¿Cómo podrá superar las angustias del presente? ¿Qué sentido tendrá para él, si es que tiene alguno, la vida humana? Las religiones universales: Hinduismo, Budismo y el Islam, como hemos visto, han dado su respuesta. Las religiones seculares como el Humanismo y el Marxismo, también. Todas estas religiones enseñan al hombre, aunque en distinto grado y medida, cómo resignarse ante la fatalidad. Según el humanismo y el marxismo, el hombre desaparece personalmente con la muerte. Su fin es absoluto. 
El cristianismo, por el contrario, asegura al hombre que Cristo, con su resurrección ha vencido a la fatalidad. Le infunde la esperanza de que un día amanecerá con una existencia personal y renovada… en trato unos con otros… y de todos con Dios. Dios hará con el hombre lo que hizo con Cristo. 
En la Biblia, la resurrección de Cristo aparece tan estrechamente relacionada con la de los cristianos que, si se admite una, hay que admitir la otra, y si se niega una, hay que negar la otra (1 Cor 15,12-18). Sería como si de un niño naciera sólo la cabeza viva y operante, pero sin los demás miembros. Tal posibilidad es absurda. 
Cuando todas las cosas sean consumadas “para el nuevo nacimiento”, los muertos que están en lo sepulcros resucitarán, no con el cuerpo histórico, sino con otro acomodado a la nueva creación. Dice el Apóstol san Pablo: “Se siembra en corrupción, se resucita en incorrupción, se siembra en vileza, se resucita en gloria… se siembra en cuerpo humano, se resucita en cuerpo espiritual” (1 Cor 15,42-44). Será un cuerpo igual al que teníamos antes, aunque distinto. Igual porque volveremos a ser nosotros mismos. Distinto porque ya no resucitaremos como Lázaro, para vivir de nuevo en la carne y sangre perecederas. 

G. ¿CÓMO RESUCITAREMOS?
¿Con qué edad resucitarán los cuerpos? Si uno era cojo, ¿seguirá siendo cojo? Si uno era feo, ¿continuará siendo feo? Si uno era simpático, ¿perderá ahí su gracia? Preguntas así por el estilo se hace mucha gente. ¿Cómo satisfacer tanta curiosidad? ¿No responderán estas interrogantes a conceptos demasiados terrenos? Desde luego, la Biblia nada dice al respecto. Sin embargo, en la nueva creación todo será perfecto. Allí no cabe la imperfección.

CAPÍTULO VII: LA PERSONALIDAD DE CRISTO

A. CRISTO ANTE LA HISTORIA
Para medir la verdadera talla de un hombre no hay medida más segura que la historia. ¡Cuántas grandezas que parecían iban a desafiar los siglos se han olvidado! ¡Cuántos sistemas no han logrado sobrevivir a sus propios inventores!
Para Jesús el veredicto de la historia ha sido completamente positivo. Y caso verdaderamente único. Su figura ha constituido el centro de la historia, que se divide antes de Cristo y después de Cristo. Ni Buda, ni Confucio, ni Mahoma, ni cualquier otro líder religioso han logrado esto. Es verdad que los mahometanos cuentan los años a partir de la Egira, no del nacimiento de Mahoma; pero es un hecho aislado, localizado, mientras que todo el mundo ha aceptado como punto central, la división de la historia, con el nacimiento de Cristo.
Pero esto no es más que un hecho exterior, aunque sumamente significativo; pero la influencia del mensaje de Cristo sobre la conciencia humana ha sido un acontecimiento sin precedentes y sin términos de comparación.
Benedetto Croce ha escrito: “El cristianismo es la revolución más grande de la humanidad. Tan grande, tan compleja y profunda, tan fecunda en sus consecuencias, tan inesperada e irresistible en su actuación, que no es extraño que haya aparecido y aparezca como un milagro, como una revelación de lo alto, una intervención directa de Dios en las cosas humanas que de Él han recibido una nueva orientación. Todas las otras revoluciones, todos los otros descubrimientos, que señalan las épocas de la historia humana no se pueden comparar con él”. Y este es uno de los más grandes representantes de la cultura moderna.
Por su parte, Goethe expresó: “Por más que progrese la civilización, por más que se extiendan las conquistas de la inteligencia, la sublimidad moral del cristianismo jamás será superada”. E igualmente pondera Harnack, inaugurando la Universidad de Berlín en su célebre conferencia sobre la esencia del cristianismo: “El cristianismo es un gran hecho histórico, que no pertenece a una sola época. En él y por él no una sola vez, sino en todos los tiempos se vienen desarrollando continuamente fuerzas nuevas… Es una llama de vida que continuamente se reenciende y arde con virtud propia”. Y podríamos seguir con juicios eminentes y tan ponderativos.
Ante este hecho colosal, surge la pregunta: ¿Es posible que el que así ha trasformado la conciencia humana y el mundo, sea un impostor o un iluso? Y lo sería si no fueran ciertas afirmaciones de ser el Mesías y el Hijo de Dios. ¡Cuántos impostores ha conocido la historia!, pero ¿Cuántos de ellos han sobrevivido a sus propias imposturas? ¡Cuántos ilusos! Nietzsche creyó ser el profeta de la edad nueva sin Dios, se definía como el Anticristo. Fue un iluso al que ninguno tomó en serio y acabó en un manicomio.
Mientras que las grandes ilusiones de Cristo se han realizado literalmente. Jesús pedía ser amado más que ninguna otra persona en el mundo, más que los padres, que los hijos, que la mujer…Y su voluntad ha encontrado eco en millones de personas a lo largo de todos los siglos de la historia, que lo han dejado todo por Él. Centenares de miles de mártires han preferido la muerte a traicionarlo. Y, por otra parte, ¡cuántos le han odiado! Él ha dividido el amor y el odio de los hombres. Estas son las pasiones más grandes de la humanidad. Jesús ha sido objeto de ellos más que ningún otro.
Esto significa que la historia ha tomado en serio a Jesús, que la humanidad de todas las épocas le ha tomado en serio. Y la historia no toma en serio a los impostores ni ilusos. Ni los ama, ni los odia apasionadamente, a lo sumo los desprecia o los compadece o sino los olvida.
Por eso Jesús no pudo ser un iluso o un impostor. Si estaba convencido de que era el Mesías y el Hijo de Dios, es que lo era realmente.

B. CRISTO NO ES UN IMPOSTOR
Dejemos ya la historia, volvamos a la persona de Cristo, tal como aparece en los Evangelios, de cuyo valor histórico no podemos dudar. Impostor es aquel que engaña en beneficio propio. Jesús aún teniendo un ascendiente enorme en el pueblo, no aprovechó jamás este favor popular para lograr ninguna clase de ventajas. Si lo hubiera querido, hubiera podido arrastrar tras sí a toda Palestina, enrolar un ejército… Si se hubiese proclamado Mesías político esperado por los fariseos y el pueblo.
Durante más de tres años estuvo actuando públicamente recorriendo de un lado a otro toda Palestina, bajo la mirada vigilante de sus enemigos furiosos por su comportamiento sincero y leal. Más de una vez le pusieron trampas para hacerlo caer y poderle acusar ante las autoridades romanas, o por comprometer su estima ante el pueblo, pero siempre sin resultados. Cuando finalmente lograron capturarlo y llevarlo a los tribunales de Anás y Caifás, no pudieron formular una acusación precisa contra Él, todas las acusaciones presentadas se deshacían por si solas sin la necesidad de que Cristo abriera los labios.
Pilatos lo juzgó públicamente delante de los fariseos, sus enemigos y por tres veces declaró que no halló culpa en Él y en el mismo acto de condenarle se lavó las manos en señal de que él no quería responder de la sangre de Jesús, porque no lo encontraba culpable.
La santidad de Jesús es un hecho único en la historia. Solamente Él ha podido decir delante de los enemigos que le espiaban: “¿Quién de vosotros puede probar que he pecado?” (Jn 8,46). En su sabiduría los filósofos paganos habían llegado a concluir que es imposible no pecar. Así lo afirmaron Epicteto y Séneca, y Libanio dice: “No pecar es propio de Dios”. Esta idea era propia también del Antiguo Testamento: “No hay nadie que no peque” (1 Rey 8,46). “Siete veces al día peca el justo” (Prov 24,16). El desafío de Cristo a sus enemigos, no tiene parangón en la historia.
Es claro que Cristo no ha sido un impostor. En primer lugar, porque no se aprovechó de nadie, pudiendo haberlo hecho como nadie. La única ventaja que logró en el mundo fue la cruz, y eso que la previó claramente y la hubiera podido evitar fácilmente.. No hay esta clase de impostores. Y a los impostores más tarde o más temprano se les coge en algo. A Jesús jamás pudieron cogerlo en nada, ni en lo más sencillo o pequeño. Ni lo ha podido hacer la historia en veinte siglos. Es evidente que Cristo no es un impostor.

C. CRISTO NO ES UN ILUSO

a) EQUILIBRIO DE MENTE
Basta acercarse a su persona para que el equilibrio de su mente se imponga con evidencia. Una observación preliminar: A diferencia de los otros fundadores de religiones, Jesús es un hombre sano, perfectamente robusto. En el Evangelio jamás se habla de una enfermedad de Jesús, de una crisis de histerismo (a la que fue tan propenso Mahoma), de una imposibilidad de continuar con la empresa por falta de fuerzas físicas. Durante tres años de vida pública, en continuo movimiento y viajes, siempre a la intemperie, sin bolsas, ni dos túnicas, ni bastón (Lc 9,3), sin tener donde reposar la cabeza (Mt 8,20), terminada la jornada tiene energía para pasar la noche orando… Solo una vez se dice en el Evangelio que estaba fatigado del camino, cuando se sienta a esperar a la samaritana (Jn 4,6)

b) SU TEMPLE
Hasta qué punto tenía temple lo demostró en la pasión. Después de tres horas de agonía en el huerto, de la flagelación, de la crucifixión, de las tres horas desangrándose en la cruz, aun le quedaban energías para dar un grito antes de inclinar la cabeza. Tenía tal domino de sus propios nervios, que muere cuando Él quiere. Sólo el espectáculo de la cruz le hace creer al centurión romano en su divinidad (Mt 27,54). Cualquier otro temperamento enfermo apenas delicado –escribe Adam- habría debido ceder o sucumbir.
En la tempestad del lago, Él duerme tranquilo, Cuando los discípulos le despiertan del sueño profundo, domina la situación tan difícil. Jamás Jesús se ha retirado de las situaciones más enervantes o demuestra tener temperamento débil, excitable, nervioso. En síntesis, era un hombre perfectamente sano.

D. VOLUNTAD HEROICA

a) SU ALMA
Si del cuerpo de Jesús pasamos a su alma, aquí también tenemos que constatar el equilibrio más grande. Él sabe que tiene un fin de vida, que debe realizar el encargo del Padre y no lo pierde de vista un solo instante. Adam tiene razón cuando dice que “la nota dominante de su carácter humano… es la extraordinaria claridad de su pensamiento en fijarse un fin y la inamovible firmeza de su voluntad en llevarla a cabo”
Las primeras palabras que pronuncia a los doce años tiene este objetivo (Lc 2,49). Continuamente repite: “He sido enviado para esto”, “no he sido enviado para este otro”. El Padre lo ha enviado a la tierra para salvar al mundo con su pasión y muerte. Jesús no lo olvida nunca. Muchas veces en el Evangelio asistimos a las tentativas de hacerlo desistir de esta empresa. Pero siempre supera el obstáculo a fuerza de voluntad.
Las tentaciones en el desierto pretenden que aproveche su facultad de hacer milagros en su propio beneficio, más Jesús se aleja del tentador. En el discurso del Pan de Vida muchos discípulos se separan del Maestro, lo abandonan porque esto era muy duro. Jesús pregunta a sus Apóstoles: “¿Quieren dejarme también ustedes?” (Jn 6,67). Está dispuesto a que le abandonen todos, pero no cambia sus afirmaciones. La tentativa de Pedro, de que deje la idea de la pasión, también la rechaza con toda energía: “Apártate Satanás” (Mt 16,23)
El último asalto, el más terrible fue el de su misma naturaleza humana, la agonía del Getsemaní. Le invade una tristeza mortal. Es la única ocasión que el evangelista dice “comenzó a sentir temor y angustia” (Mc 14,33). Jesús ruega intensamente para que no le venga todo aquello, pero es inútil. La voluntad está firme y Él lo sabe y aunque le cueste sudar sangre pronuncia el Fiat (Mt 26,39). Cuando llegan los soldados, Él le sale al encuentro. Ha recobrado el pleno dominio de sí.
Si no hubiera habido este episodio de su vida, hubiéramos pensado que era insensible, un apático. Sin embargo, sus sentimientos ante su propia muerte revelan su intensa carga emotiva y, al mismo tiempo, el temple de su voluntad para sobreponerse en el trance más difícil. Y el equilibrio de su espíritu que recobra y mantiene la serenidad plena a lo largo de la cruelísima pasión.

E. LA CLARIDAD DE SU INTELIGENCIA
En todas las cosas ve lo esencial: “De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma” (Mt 16,26). Hay que subordinar todo a la salvación del alma: “Si tu ojo se escandaliza…” (Mt 5,29). A los fariseos que le critican de que sus discípulos no guardan las costumbres de sus mayores, les responde: “Y vosotros por qué violáis el mandamiento de Dios por vuestras tradiciones” (Mt 15,3). Ellos enseñan que se puede ofrecer al Templo el dinero destinado a socorrer a los padres, liberándose de esa obligación del mandamiento.
Ante el escándalo de los fariseos porque Jesús cura en sábado, les echa en cara su hipocresía. Su inteligencia resalta especialmente en las disputas con sus enemigos siempre prestos a tenderle insidias. A la pregunta nada inocente de los fariseos: “¿Es lícito pagar el tributo al César? (Mt 22,17). Era algo muy comprometido y le han preparado el camino para que no deje de responder, Él les dice: “¿Por qué me tentáis, hipócritas… dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,19).

F. LA COMPRENSIÓN HUMANA
Es difícil a los caracteres heroicos comprender la miseria de los otros. Aún en esto Jesús es de un equilibrio sorprendente. Él sabe que no todos podemos ser como Él. Como norma general propone la de no juzgar nunca, porque es muy difícil penetrar en el corazón humano (Mt 7,1). A los Apóstoles que quieren que llueva fuego les dice: “No sabéis de que espíritu sois” (Lc 9,55). A Pedro que se cree generoso perdonando siete veces, le dice “setenta veces siete” (Mt 18,22).
Jesús se muestra comprensible especialmente con las almas extraviadas, con los pecadores. Precisamente porque esto estaba tan patente quieren tentarle los fariseos con la mujer adúltera, a ver si se pone contra Moisés y Él, sabe salvar la situación y a la mujer, con gran perspicacia (Jn 8). Igualmente es maravillosa la comprensión de las personas, las circunstancias y la delicadeza con todos en el caso de la pecadora que lava los pies con sus lagrimas (Lc 7,37-50). El amor a los pecadores le ha sugerido las parábolas más bellas: “El Buen Pastor”, “La Dracma perdida”, ”El Hijo Pródigo”.

G. JESÚS Y LA PASIÓN
El carácter de un hombre se mide especialmente en el momento del éxito y en el momento de la desgracia. En estas circunstancias se demuestra la carga de energía de que está dotada su personalidad, las reservas psicológicas de que dispone. Para Jesús el momento de la desgracia de la prueba es la pasión. Desde el momento de la captura hasta el último aliento. ni una palabra, ni un gesto traiciona en Él la debilidad o el decaimiento.
La escena del beso de Judas que le viene a prender, es sublime. Demuestra hasta qué punto se domina sí mismo el Señor. En el diálogo posterior con los soldados se diría que se trata de algo normal. Lo mismo en la dignidad de la respuesta al que le da la bofetada. Caifás se admira del silencio que guarda ante las acusaciones (Mc 14,60).
Igualmente mantiene su dignidad ante Herodes, hasta el punto de sentirse éste humillado. También Pilatos se admira de su silencio y de que no le responda más que las palabras precisas. Su postura en la cruz, con el máximo sufrimiento, se hace cargo de todo, perdona al buen ladrón, se ocupa de su madre. Cuando ya está todo cumplido, entrega a Dios su alma, inclina la cabeza y muere. Se muestra dueño también del momento de dar su vida.

H. CONCLUSIÓN
No queda más que sacar las conclusiones: Un impostor, un iluso no obra ni se comporta como Jesús. Un hombre así, no puede ser un iluso o un impostor. Es algo del todo claro. Por consiguiente. Si Jesús ha afirmado con toda claridad y repetidas veces ser el enviado de Dios, es que Él lo era realmente. No puede menos de serlo. O tiene que estar loco, ser realmente un falsario o ser Dios. Toda su vida nos muestra que no es ningún falsario ni tampoco loco.
Aun los que no aceptan su divinidad, nos lo ponen lo más cerca de ella. Un Renan, por ejemplo, dice: “Entre tú y Dios no se distinguirá jamás”. La personalidad de Jesús, que aparece en el Evangelio es algo tan sublime que está mucho más cerca de Dios que de la falsedad, de la locura o del egoísmo. Por eso, si queremos sacar las últimas consecuencias, tenemos que admitir: “Si no es un loco, tampoco un falsario, y ha afirmado solemne, categóricamente y repetidas veces que es Dios, tiene que ser Dios”, no hay otra salida.

CAPÍTULO VI: JESÚS SE PROCLAMA MESÍAS E HIJO DE DIOS

A. PRELIMINARES

a) LA ESPERA DEL MESÍAS
Los judíos esperaban desde hacía siglos a un enviado especial de Dios, que en su lengua (Hebreo) era el “Mesías” y en griego “Cristo” que significa “ungido”. La espera fue durante siglos el centro de su historia. Una serie ininterrumpida de profetas habían descrito su vida y su mensaje, precisando siempre más claramente su figura.
En el tiempo de Jesús, la espera era vivísima y encontramos reflejos de ella en muchos lugares del Evangelio, (Mt 2,2.5; Jn 1,19; 6,14; 7,31). La noticia de esta espera había llegado, como hemos visto, hasta otros pueblos. De ella habla Tácito al describir los prodigios acontecidos en el asedio a Jerusalén. También Suetonio en la vida de Vespasiano y el mismo Virgilio en la Egloga IV.

b) VERDADERO CONCEPTO DEL MESÍAS
En sus vaticinios los profetas habían hablado de un Mesías que venía a traer la salvación espiritual de la humanidad e inaugurar una nueva era de relaciones entre Dios y los hombres, con la fundación de un Reino de Dios en el cual entraran todos los pueblos del mundo.
Este Reino mesiánico había de consistir ante todo en la liberación del pecado y en el restablecimiento de la amistad entre Dios y los hombres. A este fin el Mesías sacrificaría su propia vida como sacerdote y víctima al mismo tiempo.

c) FALSO CONCEPTO DEL MESÍAS
En los últimos siglos anteriores a la era cristiana este concepto se fue paulatinamente deformando. El pueblo había trasformado el reino mesiánico en un período de prosperidad material, obtenido sin fatiga y peligro, y en la liberación de la dominación extranjera.
Los rabinos añadían a esto la idea de un líder político y restaurador de la monarquía davídica, cuyo reino sometería a todos los reinos de este mundo. Una tercera corriente hacía coincidir la venida del Mesías con el fin del mundo. El Reino mesiánico para estos sería en la otra vida. En los evangelios se encuentran ecos de todas estas concepciones (Jn 6,15; 12,34; Lc 1,46-56; 1,68-75; 2,29-32; 2,38; Mt 3,2-12)

B. JESÚS SE PROCLAMA MESÍAS

a) PRUDENCIA AL INICIO DE LA PREDICACIÓN
Por causas de estas deformaciones, Jesús usó una táctica de prudencia al comienzo de su vida pública en la proclamación de su mesianidad. Antes de presentase como Mesías, quiso preparar al pueblo para que comprendiera la verdadera naturaleza del Mesías.
Esta conducta prudente, unida al prejuicio racionalista de la imposibilidad de la sobrenatural, es lo que ha hecho pensar a no pocos eruditos, empezando por Renan, que la conciencia mesiánica surgiera en Jesús como consecuencia del éxito de su predicación.

b) CONCIENCIA MESÍANICA DE JESÚS DESDE EL COMIENZO DE SU VIDA PÚBLICA
Un examen sincero del Evangelio demuestra por el contrario que esta conciencia mesiánica estaba en Jesús desde el principio de su vida pública. Así:

1. Juan lo reconoce en el Bautismo y lo saluda después como: “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29-31), que es un título mesiánico (Is 53,7- 12). Además vio bajar sobre Él al Espíritu santo en forma de paloma, lo que estaba también anunciado en los profetas (Is 11,2; 61,1).
2. Esta conciencia aparece clara por parte de Jesús, al comienzo de su vida pública, en la respuesta que da a los discípulos que envía el Bautista cuando éste estaba preso. La pregunta había sido directa: ¿”Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?” (Mt 11,3). La respuesta de Jesús con las obras que atestiguaron los profetas (Is 26,19; 29,18; 35,5; 61,1), es mucho más elocuente y positiva que la misma afirmación. En el ambiente de entonces no hay duda de que se está refiriendo al Mesías El mismo pasaje lo trae Lucas 7,18-23.
3. Es quizá anterior y más claro el testimonio con que empieza su predicación en Nazaret, atribuyéndose a sí un texto mesiánico de Is 61,1-1 y Sof 2,3, en Luc 4,16- 28. La reacción de los nazaretanos, al principio admirativa, acaba siendo tan contraria y se sienten tan escandalizados de las pretensiones de Jesús, que pretenden despeñarlo. Lo que confirma la atribución mesiánica, que fue bien entendida aunque nunca creída.
4. También en Marcos aparece esta conciencia de Jesús al comienzo de su predicación. En la expulsión de los demonios que le aclamaban como Santo de Dios y que Jesús los hace callar (Mc 1,24). Esto tienen referencia; en aquel ambiente de expectación; al Mesías. Y todavía es más claro otro texto cercano: “Y no dejaba hablar a los demonios, porque sabían quién era” (Mc 1,34)
5. Lo mismo ocurre en el Evangelio de Juan que aparece en el que se manifiesta abiertamente como Mesías a la Samaritana (Jn 4,25-26), y deja que le reconozcan los samaritanos como “el Salvador del mundo” nada menos (Jn 4,42). Y a Nicodemo le había dicho: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único (Jn 3,16), no podía tener más referencia que él mismo. Por tanto, la conciencia de su mesianidad estaba clara desde el inicio, según el testimonio de los cuatro evangelistas.

c) LA PROCLAMACIÓN SE VA HACIENDO MÁS CLARA
Posteriormente la proclamación de su mesianidad se va haciendo cada vez más clara, así:

1. La Teofanía bautismal, es una investidura profética que no tiene parangón en todo el Antiguo Testamento se ha de desprender por lo menos que se trata del Mesías, pues se le presenta como “Hijo predilecto” o “único” en Mt 3,12 y Mc 1,11. Es más claro el sentido de Hijo único en Lc 3,22.
2. De igual modo se ha de desprender al menos eso en los relatos de la transfiguración Mt 17,1-9; Mc 9,1-10 y Lc 9,28-36. Pues el título que se le da como “Hijo muy amado” o “Mi Hijo, el elegido”, tiene que suponer por lo menos el título de Mesías.
3. Lo mismo ocurre con la confesión de Pedro, en la que en los tres sinópticos se le da el título claro de Mesías, que Jesús lo acepta (Mt 16,13-20; Mc 8,27-30; Lc 9,18- 21)
4. Con mucha frecuencia acepta el título de “Hijo de Dios” que le dan y que por lo menos tienen que tener el sentido de Mesías ya que se le atribuye como algo muy especial, y este título en singular no se da en el Antiguo Testamento mas que con relación al pueblo todo de Israel o a David (Dt 32,6; 2 Sam 7,14), por lo que también se le podía aplicar al Mesías que era el Hijo de David por excelencia. Y este título de “Hijo de Dios” se la da con mucha frecuencia (Mt 2,15; 3,17; 4,3; 8,29; 14,33; 21,37)

d) APLICACIÓN DEL TÍTULO “HIJO DEL HOMBRE”
El mismo Jesús se aplica con frecuencia este título, unas 80 veces, y se lo aplica únicamente a Él mismo y a ningún otro.
El aplicar este nombre a Jesús no parece haber estado en uso entre los primeros cristianos, ya que solamente en Hec 7,55 se lo aplica Esteban a Jesús y eso en un ambiente profético de revelación. La comparación entre sí de los diversos textos paralelos y de sus contextos, muestran claramente que se está refiriendo a sí mismo al hablar de este “Hijo del hombre”, este título es ciertamente un título mesiánico (Dn 7,13-14)
La mayor parte de los autores están de acuerdo en que este uso es intencionado por parte de Jesús y que está señalando la profecía de Daniel, ya que muchas veces tienen también este sentido escatológico. La tradición judía posterior a Daniel también utiliza este título en sentido individual, con referencia al Mesías, así en los libros de Henoc y Esdras IV, lo que prepara el terreno para el uso de Jesús en el mismo sentido.
El título se lo aplica en todos los evangelistas: en Mt 31 veces, en Mc 14, en Lc 24 y en Jn 11. Además se encuentra en ocasiones en que Jesús se atribuye poderes o misiones especiales como: “perdonar los pecados” (Lc 5,24), que “su autoridad es superior a la Ley” (Lc 6,5), “mayor que el Templo” (Mt 12,6.8), con relación a la pasión (Lc 9,22) y a la entrada en su gloria (Lc 24,7), lo que indica claramente su intención de un uso en sentido propiamente mesiánico.

e) ENTRADA TRIUNFAL A JERUSALÉN
Jesús en la entrada triunfal a Jerusalén también acepta el título equivalente. “Bendito el rey que viene en nombre del Señor…” (Lc 19,38), que es la expresión del Salmo 118,26 que tiene referencias claramente mesiánicas. En Mt 21,9 además de esta frase, se le proclama “Hijo de David”, con igual referencia mesiánica, y además se añaden citas de Is 62,11; y Zac 9,9 igualmente mesiánicas.
No cabe la menor duda de que la cosa era bien clara por la reacción de los fariseos, que estaban entre la gente, que le llamaron la atención precisamente para que se fijara bien en lo que decían de Él las turbas, para que se diera bien cuenta de lo que significaban sus aclamaciones. Y la respuesta de Jesús fue bien contundente: “Os digo, que si estos callan hablarán las piedras” (Lc 19,40). Esa es una aceptación, clara, explícita y rotunda. En Mt 21,16 es también clara.

f) DELANTE DE CAIFÁS
Delante de Caifás fue la afirmación más clara y comprometida. Estaba reunido en pleno el Sanedrín y allí el Sumo Sacerdote le dirigió estas solemnes palabras: “Te conjuro en nombre del Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (Mt 26,63-64)
Los otros dos sinópticos hacen también referencias claras al Mesías en los lugares paralelos (Mc 14,61; Lc 22,67). Marcos en vez del “Hijo de Dios” pone “el Hijo del Bendito”, que dicho así por antonomasia no podía referirse más que a Yavhé, cuyo nombre no se pronunciaba. Lucas es el que divide la pregunta en dos, una solo hace referencia al Mesías (Lc 22,67) mientras que la otra se refiere al “Hijo de Dios” (Lc 22,70).
En esas circunstancias no se podía dar una respuesta ligera, no era sólo la solemnidad y el juramento, sino que estaba en juego su vida y Jesús dio esa respuesta clara y solemne: “Si, tú lo has dicho” (Mt 26,64).
Todavía en Mc y Lc la respuesta se hace aún más clara: “Yo soy”, que además tiene el eco del nombre de Yahvé, nombre divino propio de Dios. No hay la menor duda de que esta respuesta tiene el significado de proclamarse por lo menos Mesías. La frase que sigue en los tres sinópticos de estar “Sentado a la diestra del Poder de Dios y venir sobre las nubes del cielo” (Mt 26,64) igualmente confirman por lo menos este significado.
Por lo que no puede caber la menor duda de que Jesús se proclama claramente como Mesías y que tiene conciencia de ello desde el primer momento.

C. JESÚS PROCLAMA SU DIVINIDAD
Jesús no sólo se manifiesta como Mesías, enviado especial de Dios, sino que se proclama a sí mismo Hijo de Dios. Esta afirmación es colosal y única, pues no se da en ningún otro fundador de religión alguna.
En el cuarto Evangelio (Juan) la afirmación de la divinidad es tan frecuente y clara que a algunos les parece sospechosa, es decir, debido a la fe pascual del evangelista. Por ello, examinaremos primero los sinópticos, porque si en ellos aparece bien clara esta afirmación, no habrá dificultad en admitir las afirmaciones del cuarto Evangelio.

a) AFIRMACIÓN DE LA PATERNIDAD DIVINA
Jesús afirma su paternidad divina en sentido propio en los sinópticos, así:
  • Jesús se atribuye la filiación divina de un modo enteramente único, por la forma del todo singular con que llama a Dios: Padre. Verdad que en el Antiguo Testamento era Dios el Padre del pueblo escogido y por eso se les dice en plural: “Hijos sois de Yahvé, vuestro Dios” (Dt 14,1), y además se trata expresamente de una paternidad adoptiva, no real (Dt 32,6), fundada en el hecho creador, porque tenemos nuestros propios padres, pero independientemente a Dios (Sal 27,10), al que podemos llamar Padre por la ternura con que nos trata (Sal 103,13). Pero en singular sólo se le aplica al rey David (2 Sam 7,14) y en el libro de la Sabiduría se le aplica al justo (Sab 2,13). Pero jamás un judío se atrevía llamarse a sí Hijo de Dios en singular.
  • Mientras que Jesucristo se aplica esta paternidad singular de la manera más natural y frecuente, llamando a Dios “mi padre” (Mt 7,21; 10,32; 12,50; 15,30; 16,17; 18,10 Lc 2,49; 10,22, etc). Igualmente habla de “su padre”, al hablar en tercera persona, como Hijo del hombre, pero refiriéndose a Él (Mt 16,27; Mc 8,38; Lc 9,26). Hablando a los judíos sobre Dios les dice: “vuestro padre” (Mt 5,16; 6,1; 14,15; Mc 11,25; Lc 6,36; 12,30. Y también se refiere a Dios como Padre de ellos en singular: “Tu padre” (Mt 6,4.6.18).
  • Pero, a pesar de las múltiples ocasiones que habla de Dios como Padre, cuya persona es ciertamente la misma para su Padre que para el de los judíos, jamás usa el término “nuestro padre”. La única vez que se expresa así es para enseñarnos como le debemos llamar nosotros al rezar: “Vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro…” (Mt 6,9). Jamás mezcla su filiación divina con la nuestra, porque no está en la misma línea, porque es cosa diferente. Esta es la única explicación.
  • La razón que se da en el Evangelio de Juan de por qué le querían apedrear era: “Porque llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn 5,18). O sea que esto lo comprendieron bien los mismos judíos que le escuchaban. Es también en Juan donde se señala más nítidamente esta diferencia: “Voy a mi Dios y a vuestro Dios, a mi Padre y a vuestro Padre” (Jn 20,17).
  • Y es Mc el que pone en labios de Jesús, un modo, el más íntimo modo de dirigirse un judío a su propia padre, lo que jamás se le hubiera ocurrido aplicárselo a Dios: “Abba”= Padre= papito, papacito. Esta palabra sólo la usaba el hijo en el trato íntimo con su propio padre y es lo que empleó Jesús (Mc 14,36) en la oración del huerto. Es otro modo de indicarnos la naturaleza especial de sus relaciones con el Padre.
  • Por eso su interés en que investiguen de quién es Hijo el Cristo y que no se contenten con decir que es Hijo de David, porque entonces no tendría sentido el Salmo: “Dijo el Señor a mi Señor, siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos bajo tus pies” (Salmo 110,1). Si, David le llama señor, ¿cómo puede ser Hijo suyo? (Mt 22,45; Mc 12,35 y Lc 20,41).
Es, pues, esta una forma indirecta pero clara de llamarse Hijo de Dios, mostrar claramente la diferencia de la paternidad de Dios con respecto a Él y a ellos. Sería demasiado chocante la afirmación explícita de que Él, un hombre era Hijo de Dios, a no ser que fuera provocado, como en el caso de Caifás. Así la afirmación se hace más discreta, pero no menos clara.

b) EL LLAMADO COMMA JOANNEO
Se refiere a la cita de Mt 11,27 y Lc 10,22: “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquellos a los que el Hijo quiere dárselo a conocer”
  • Precisamente, porque implica una clara afirmación de la divinidad, se ha pretendido ver en este texto algo propio de Juan. Y es verdad que tiene algo del estilo y del pensamiento de Juan (Jn 3,35; 17,2; 7, 29; 10,14-15). Pero también en Mateo aparece en otros lugares parte de ese mismo vocabulario (Mt 28,18; 3,17; 4,3; 27,40; 8,29; 14,33; 16,16).
Todo esto prueba que la cita no es tanto joannea cuanto mateana y sinóptica. Y el mismo hecho de que no la traiga Juan, sino dos evangelistas sinópticos.
El sentido de la cita no es muy difícil: “Todo me ha sido entregado…”. La primera frase tiene relación por lo menos con todo lo que se refiere a la instauración del reino, como se dirá más tarde: “Se me ha dado todo poder en el cielo” y en la tierra por lo que al menos se ha de referir al orden del conocimiento y aquí se trata de un conocimiento exclusivo e idéntico por parte del Padre y del Hijo, lo que implica la unidad de la naturaleza.
El conocimiento que el Padre tiene del Hijo, tiene que ser pleno y absoluto es decir, propio de Dios. Pero este mismo conocimiento con su plenitud es el que tiene el Hijo con respecto al Padre, por tanto, el propio de Dios, para lo que hace falta ser Dios. Por eso mismo es que puede revelar el Hijo al Padre, porque es Dios, ya que revelar es propio de Dios. La afirmación de la divinidad es clara e iterativa en esta frase.

c) JESÚS ANTE EL SANEDRÍN (Mc 14,55-64; Mt 26,59-66; Lc 22,67-71)
Quizá la afirmación más clara por parte de Jesucristo mismo de su divinidad la tengamos aquí por parte de los Sinópticos. Ante las declaraciones contradictorias de los falsos testigos, que no conducían a nada, Caifás interroga directamente a Cristo. Él ya había decidido con anterioridad la necesidad de su muerte para la salvación del pueblo (Jn 11,50), por eso va directamente a sacar algo del mismo Jesús, que sea motivo de la muerte, ya que no la pueda obtener de los testigos. Ya hemos visto que la pregunta de Caifás es doble en los Sinópticos: “Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (Mt 26,63). En Mc 14,61 es “el Hijo del Bendito”, que es en la práctica lo mismo, pues no se podía referir con ese título empleado así, por antonomasia, más que a Dios.
El problema está en ver si en esta pregunta lo que quería expresar Caifás era la filiación divina propia o solamente la adoptiva, incluida ya en el mismo concepto del Mesías. Caifás buscaba ciertamente un motivo para condenarle a muerte y no lo hubiera sido el hecho de que se declare hijo adoptivo de Dios. Además a Caifás habría llegado ciertamente la parábola de los viñadores homicidas, en la que se habla de matar al hijo heredero, es decir al propio (Mt 21,37). Y esta parábola la oyeron los fariseos y aun los sumos sacerdotes (Mt 21,45) e igualmente pudieron llegar las otras afirmaciones de Jesús sobre su divinidad como la de Mt 11,27 (“Nadie conoce…”) y las de Juan. No es que Caifás las creía pero sí que estas afirmaciones se decían en sentido de filiación natural y propia. Y lo podía preguntar en ese sentido, porque aquí si que podía hallarse una causa de condenación a muerte.
Otro problema está en la respuesta de Jesús. No cabe duda de que es afirmativa en todos los Sinópticos, pero la cuestión está en ver si la afirmación se refiere sólo al primero de los términos o también al segundo y en ese sentido propio. Lo obvio es que cuando a una doble pregunta se da una sola respuesta, esta es complexiva y comprende a las dos por las que se le ha preguntado. Esto se ve aún más claro en Lc pues es el único que separa las dos cosas haciendo una doble interrogación, con una doble respuesta. Si ya en la primera hubiera estado suficientemente clara la respuesta (Y lo hubiera estado de referirse sólo al Mesianismo), no hubiera hecho falta esta otra pregunta. Luego tiene que tener claramente un sentido ulterior, más profundo, lo que solo cabe en la filiación entendida en sentido propio.
Que Jesús habla en este sentido de filiación lo confirma la frase siguiente en Mt 26,64: “Jesús le respondió: Así es, tal como acabas de decir; yo les anuncio además que a partir de hoy ustedes verán a, Hijo del Hombre sentado a la derecha del Dios Poderoso y viniendo sobre las nubes”, que precisamente hace alusión al Salmo 110,1 sobre el que ha interrogado Jesús: “Si, pues, David le llama Señor, ¿Cómo puede ser hijo suyo?” (Mt 22,45), aludiendo sin duda a una filiación que va mucho más arriba, hasta el mismo Dios. Además la teofanía misma a la que se hace alusión, está implicando también esta participación en el poder de Dios y en su misma naturaleza.
Que Caifás y el Sanedrín lo entendieron en el sentido de una proclamación de filiación divina propia, está en el hecho de declararlo blasfemo y condenarle a muerte. Si Jesús, sólo se hubiera declarado Mesías, o ellos así lo hubieran entendido, no lo podían acusar de blasfemo y, por lo tanto, no debían matarlo.
Esta está claro por lo que ocurrió cuando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén; ante las aclamaciones de las turbas, que indicaban su calidad de Mesías, los fariseos se indignan, pero no lo acusan de blasfemia al aceptar esas aclamaciones. Únicamente le advierten para ver si las rechaza, pero lo único que consiguen es una aceptación explícita de ellas y tampoco entonces le acusan de blasfemo.
Sin embargo, es en otra ocasión cuando piensan que blasfema y es cuando perdona los pecados del paralítico (Mc 2,5-7). Lo hacen con toda lógica, pues solo Dios puede perdonar los pecados y él al perdonarlos se hace Dios. Y esto sí para ellos es una blasfemia, pues va directamente contra la unicidad de Dios tal como ellos la entendían. Lo que no se puede decir al declararse Mesías, esto no es considerado blasfemia. Los fariseos saben muy bien distinguir estas cosas, como vemos en los dos casos citados.
También lo distinguía claramente el pueblo, como se ve en la respuesta que da la turba a Jesús: “No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,33). Aquí sí que estaba para ellos la blasfemia, tanto para los fariseos como para la turba. Por tanto, si le acusan a Jesús de blasfemia es porque entendieron su respuesta en este sentido de filiación propia.
Esta causa de condenación se ve confirmada por el testimonio de Juan 19,7: “Nosotros tenemos una ley y, según esa ley, debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios”. Esa ley era contra la blasfemia: “El que blasfeme el nombre de Yahvé será muerto; toda la comunidad lo apedreará. Sea israelita o extranjero, si blasfema el Nombre de Yahvé, morirá” (Lev 24,16). Esto era para ellos una blasfemia. Era el único motivo verdadero de muerte para Jesús por parte de los fariseos y los miembros del Sanedrín.
Ante esta interpretación clara por parte de los sanedritas de la respuesta de Jesús en sentido de Hijo natural o propio de Dios, si realmente, no hubiera sido esta la realidad, ni el sentido que Jesús quería dar a sus palabras, tenía que haberlo indicado claramente, tenía que haberles hecho comprender su verdadero sentido. No podía permitirles un error en algo tan serio y solemne. En caso contrario él hubiera sido el único culpable de su muerte. Lo que es del todo inadmisible. Luego Jesús también pronunció estas palabras en el sentido propio de su filiación divina. Por eso es una afirmación del todo clara y la más solemne, delante del Sanedrín que representa la autoridad del Pueblo de Israel.
Tan claramente afirmó Jesús que era Dios, que eso fue lo que le acarreó, en definitiva, la sentencia de condenación y en eso están de acuerdo los tres Sinópticos, aunque lo explicite mejor Juan. Por lo que en los Sinópticos también está clara la proclamación de Jesús como Hijo propio de Dios, y con toda solemnidad.

d) JESÚS OBRA COMO DIOS EN LOS SINÓPTICOS
Jesús no sólo declara explícitamente su divinidad, sino que obra, actúa y se expresa frecuentemente como Dios.
Se atreve a corregir la Ley con todo aplomo: Jesús, un judío en el ambiente palestino de veneración por la Ley, que frecuenta la sinagoga… y sin embargo, al comienzo de su vida pública comienza a corregir la Ley con toda fuerza: “habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás, pues yo os digo… y el que le llame renegado será reo de gehena de fuego (Mt 5,21-22). Está corrigiendo o perfeccionando el Éxodo 20,13.
Y sigue: “Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio, pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en el corazón” (Mt 5,27-28). Nuevamente corrige y perfecciona la Ley, nada menos que el Decálogo de Moisés (Ex 20,14). Y continúan las expresiones semejantes en ese mismo capítulo 5 de Mateo, usando expresiones parecidas hasta cuatro veces más, poniéndose Él sólo en frente y en contra de toda la legislación judía anterior.
Sólo Dios puede cambiar y perfeccionar lo que Dios ha legislado, como dirá muy bien el mismo Jesús en relación al matrimonio: “Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre” (Mt 19,6). El caso es semejante, la Ley Mosaica fue dada por Dios al pueblo de Israel (Ex 20,22). Luego sólo Dios la podía cambiar o a lo sumo alguien en nombre de Dios, como enviado suyo. Jesús la cambia en nombre propio: “Pues yo os digo”. No es ningún legado, que obra en nombre de otro. Cambia tajantemente la Ley de Dios, eso es obrar sencillamente como Dios. Y sus palabras en vez de suscitar escándalo, a aquel pueblo tan amante de la Ley, suscitan admiración: “Cuando Jesús terminó estos discursos, lo que más había impresionado a la gente era su modo de enseñar, porque hablaba con autoridad y no como los maestros de la Ley que tenían ellos” (Mt 7,28-29). Todo esto nos da a entender que se impone como Dios.
Tiene exigencias que sólo caben en Dios: “Tomad sobre vosotros mi yugo” (Mt 11,29); proclama dichosos a los perseguidos por su causa (Mt 5,11). En el juicio final todos serán juzgados por la conducta que habrán tenido con Él y por Él (Mt 25,34-36. 42-43). Lo que se niega o se hace al prójimo, se niega o se hace a Jesús mismo (Mt 5,40.45). Y quién dará en el juicio final el premio o el castigo definitivo será Él, el Hijo del Hombre, Cristo. El único que puede juzgar en definitiva es Dios. Eso es afirmar que Él es Dios. Tiene exigencias de Dios, premios y castigos eternos de Dios, luego, eso es proclamarse abiertamente Dios.
Llega a decir: “El que ama a su padre o madre más que a mi, no es digno de mí” (Mt 16,25) ¿Quién es Él para pretender ser amado más que el padre, la madre, la hija…? Sólo Dios puede pretender tal cosa. Y Jesús la pretende, está obrando como Dios.
Incluso añade: “Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará” (Mt 12,30). ¿Quién puede exigir dar la vida por él? Sólo Dios puede pretender que le amemos más que a nosotros mismos. Pues Jesús lo hace, luego está obrando como Dios.
Ante Él se tienen que pronunciar todo el mundo: “El que no está conmigo está contra mí” (Mt 12,30). Sólo Dios puede tener pretensión semejante. Jesús tiene esa pretensión, luego se está manifestando como Dios.
En las curaciones se muestra como dueño y Señor absoluto, como Dios. Él es el que cura, por sí mismo y porque Él quiere: “Quiero, sé limpio” (Mt 8,3). Se muestra con pleno dominio sobre la naturaleza toda: “Increpó al viento y dijo al mar: calla, enmudece” (Mc 4,39).
Incluso se atribuye el poder de perdonar los pecados (Mc 2,5) y los fariseos piensan que blasfema, porque perdonar los pecados es algo sólo propio de Dios (Mc 2,7) Pero Él prueba que tiene ese poder de perdonar, curando al paralítico, para que vieran que su Palabra es del todo eficaz: Quien obra como Dios en la curación, puede también obrar como Él en el perdonar.
Incluso llega a conceder el don de hacer milagros a sus discípulos (Mt 10,8) y ellos lo hacen en su nombre (Lc 9,49) Y se podría continuar citando casi todo el Evangelio. Por lo que podemos concluir que Jesús proclama claramente su divinidad en los Sinópticos, con sus palabras y sus obras, implícita y explícitamente.

e) TESTIMONIO DE SU DIVINIDAD EN JUAN
El testimonio de Cristo manifestado en su divinidad es mucho más claro en el Evangelio de Juan, que no se recata en decir que ha escrito su obra con este fin (Jn 20,31).Por eso, para no tener que citarlo todo entero, vamos a acudir a algunos de los pasajes más importantes.
  • La curación del paralítico en día sábado Jn 5,1-18. A los judíos que protestaban por esta, para ellos, violación del sábado, Jesús les responde: “Mi Padre trabaja hasta ahora y yo también trabajo” (Jn 5,17).
Una de las razones más tradicionales de la santificación del sábado era precisamente que Dios había cesado el trabajo de la creación el día séptimo (Gen 2,2-3). Por eso, Jesús para justificar su acción acude al hecho de que su Padre, no cesó entonces de trabajar verdaderamente, sino que sigue trabajando.
Es evidente que se está refiriendo a Dios. El hecho de que Él se le iguale en el trabajo, supone la identificación de su naturaleza con la divina. Por eso, Él también puede trabajar, al igual que Dios, su Padre. A los judíos les estaba prohibido el descanso, por la Ley, pero a Él no, porque Él está en la línea misma de Dios.
Esta no es una especulación nuestra, sino una realidad que la entendieron perfectamente los judíos, pues el evangelista testifica: “Por eso los judíos trataban con mayor empeño en matarle, porque no solo quebrantaba el sábado sino que se llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn 5,18-19). Lo que significa que se lo ha dicho de una forma enteramente clara para ellos que ha proclamado su divinidad claramente.
A continuación de las palabras que acabamos de indicar, Jesús sigue exponiendo su identidad con el Padre hasta el punto de atribuirse el pode de resucitar a los muertos: “Como el Padre resucita a los muertos y da la vida, también el Hijo da la vida a quien quiere” (Jn 5,21) y el de juzgar al mundo: “Del mismo modo, el Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado al Hijo la misión de juzgar” (Jn 5,22). Reforzando todavía más su proclamación de la divinidad en la misma línea que la del Padre.

f) YO Y EL PADRE SOMOS UNO (JUAN 10,30)
La afirmación más clara en Juan es cuando Jesús afirma: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30). Esta afirmación es tan clara y rotunda que no necesita explicación, ni comentario. Ante ella la reacción de los judíos fue inmediata, explosiva: “Los judíos cogieron otra vez piedras para apedrearle” (Jn 10,31).
Y si por este gesto no fuera suficientemente claro e indicativo de que habían entendido bien las palabras sobre su divinidad, ante las preguntas de Jesús, exponen bien claramente sus motivos: “No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia, y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,33).
Tampoco ellos lo pueden expresar con mayor claridad. Si realmente estaban en un error, Jesús tenía la obligación grave, por la importancia del tema, de sacarles de su error; por el contrario, las palabras siguientes de Jesús, confirman la anterior proclamación de la divinidad, que el episodio acaba con estas palabras: “Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos” (Jn 10,39). Naturalmente no se trata aquí de una huída de Jesús, que humanamente no tendría explicación, estando rodeado de tantos, sino de una ofuscación, o de una manifestación de su divinidad, “ocultándose” (Jn 8,59) a sus ojos.
Otra ocasión de proclamación clara de su divinidad se da en Juan 8,58-59, cuando sobre una acalorada discusión sobre su persona, que era lo que les intrigaba poderosamente, Jesús afirma: “Antes que Abraham existiera, soy yo. Entonces tomaron piedras para tirárselas, pero Jesús se ocultó y salió el templo”.
Para existir antes que Abraham, obviamente no había más posibilidad que la de existir eternamente, es decir, ser Dios; pues no se trataba de ningún ángel, sino de un hombre. Y esto para los judíos es algo tan claro, que lo van a apedrear inmediatamente, sin más consideraciones.
Si es que hubiera sido un error de interpretación por parte de los judíos, Jesús tenía la obligación moral de sacarlos del error, especialmente tratándose de algo tan importante, pero les deja en su idea, porque estaban en lo correcto, aunque les impide la realización. Por tanto, esta es otra afirmación clara y contundente de su divinidad.
Además en este caso ha utilizado precisamente el nombre divino: YO SOY. Según Éxodo 3,14: “Dijo Dios a Moisés: Yo soy el que soy. Así dirás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros”. Esta fórmula equivale a veces al “Yo” simplemente. Pronombre con el que se revela frecuentemente Yahvé en el Antiguo Testamento y que se añade a veces a la otra fórmula más larga: “Ved ahora que Yo, sólo Yo Soy” (Dt 32,39) o Is 43,11: “Yo, Yo soy Yahvé” (Is 41,4; 43,10; 46,4; 48,12…). Esta expresión del Antiguo Testamento referida a Dios: “Yo” ha sido traducida invariablemente por los LXX con la fórmula griega: “Ego eimi”, que es la que se traduce por el “Yo Soy”. Mientras que la otra fórmula más amplia “Yo soy Yahvé”, ha sido traducida de muchas maneras.
Aunque esta expresión en boca de un cualquiera, no se podría tomar en el sentido de nombre divino, sí en las ocasiones especiales en las que se trata precisamente de la manifestación de la divinidad de Jesús, como es este el caso: Antes que Abraham existiese, “YO SOY”, reforzando así el sentido obvio de la expresión, aunque no se captara este matiz. Los Sinópticos hacen uso de esta expresión muy rara vez, pero Juan la usa con mucha frecuencia.